Somos todos indígenas: en la escucha de nuestros pensamientos antiguos

En los Andes dicen:

“El tiempo ha venido a renovar el pasado. El futuro está detrás: aún no ha llegado.”

 

Desde que conocí a Cecilia Vicuña (Chile, 1948) se ha despertado en mí una profunda curiosidad por el universo indígena andino que ha habitado por miles de años la zona geográfica en la cual crecí, el Valle del Aconcagua en el Chile Central. Casualmente su trabajo nació en el año 1966 en la desembocadura del Río Aconcagua, en Concón. Para entonces yo aún no había nacido, pero fue en mis primeras conversaciones con Cecilia que comencé a reconocerme en aquellos lugares a los que ella ha rendido homenaje a lo largo de más de cincuenta años de desarrollo artístico, a través de una vida dedicada a escuchar las voces de nuestros antiguos pueblos.

Adentrándome más y más en su obra, y viendo cómo mi propia conciencia se va abriendo en la medida en que me relaciono más con mi tierra, me pregunto ¿qué significa ser indígena? ¿es necesario tener sangre indígena para compartir su cosmovisión? o ¿es que ser indígena hoy, es más que nunca una conciencia? Podemos ver en las noticias de cada día, en un escenario donde el calentamiento global es cada vez más real, que son los pueblos indígenas los que, gracias al entendimiento profundo de la unión humano-naturaleza, están dando un ejemplo global de cuidado y respeto hacia el medio ambiente. Es esperanzador ver cómo en los últimos 15 años son los activistas indígenas, que pese a ser violentamente agredidos por las corporaciones y multinacionales, quienes están haciendo camino hacia el futuro, previniendo un desastre ecológico mayor mediante planes de manejo de recursos naturales, conocimientos ancestrales y sobre todo la defensa de sus territorios.

Con la colonia, una característica central de la cosmovisión indígena de Sudamérica se perdió, la cual fue borrada mediante la evangelización y la introducción de nuevos sistemas de pensamiento. Al destruir el animismo pagano, el cristianismo hizo posible la explotación de la naturaleza en un clima de total indiferencia ante los sentimientos de los objetos naturales [1]. El trabajo de Cecilia Vicuña se encuentra en el corazón de esta lucha, donde, como ella misma dice, “la conciencia es el mayor arte de los seres humanos, donde el acto físico de hacer performances, exposiciones y objetos es tan solo la manifestación tangible de nuestra conciencia, con la intención de tocar otras formas de conciencia” [2], y abrir paso a un entendimiento que vuelva a hacernos sentir como un todo unido a la naturaleza, como un nudo fundamental en el hilo de la vida.

Cecilia Vicuña. About to Happen. Precarios (1966-2017). Instalación específica de 117 objetos encontrados (piedras, conchas, vidrio, madera, plástico, etc). Imagen cortesía de la artista y el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans. Fotografía por Alex Marks.

Cecilia Vicuña. About to Happen. Precario (2017). Fotografía por Alex Marks. Imagen cortesía de la artista y el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans.

Esta anulación del modelo de pensamiento indígena se ha extendido hacia otras esferas del conocimiento hasta el punto de convencernos de que todo aquello vinculado al mundo indígena era primitivo y retrasado. Este hecho va en total relación a la invisibilidad que ha tenido hasta hace muy poco el trabajo de Cecilia Vicuña en el arte contemporáneo, ya que en la anulación del aporte indígena a la historia de América radica también la anulación de una gran parte de las fuentes de las cuales la obra de Vicuña se nutre. Es por esto que exposiciones como About to Happen, su primera gran exposición en Estados Unidos, actualmente en el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans, y su participación en la Documenta 14, cobran una gran importancia en vistas del futuro que se aproxima. Como señala el texto introductorio de About to Happen la obra de Vicuña remarca la desmaterialización como algo más que una consecuencia formal del conceptualismo de los años sesentas, como es comúnmente entendido, pero también como una consecuencia formal del radical cambio climático, y en ambos casos, como un proceso que moldea la memoria pública y la responsabilidad [3]. Lucy Lippard, quien ha estado muy cerca del trabajo de Vicuña, cuenta en su texto [4] que en 2014 Cecilia y su pareja, el poeta James O’Hern, crearon un video con el objetivo de recuperar esta memoria colectiva y responsabilidad medioambiental a través de tradiciones orales. Su título es We Are All Indigenous (Somos todos indígenas), al que Vicuña añadió to the human family but we have forgotten it (en la familia humana pero lo hemos olvidado). Esta noción puede ser problemática, asegura Lippard, en un escenario como el de Estados Unidos en que tener ancestros indígenas se ha transformado en una especie de moda exótica. Pero la intención detrás de esta declaración hecha por Vicuña y O’Hern es la de retomar el modelo de pensamiento indígena para hacer emerger una conciencia global que impida el desastre medioambiental, muy lejos de ser una apropiación de un sistema de pensamiento o de una identidad, es un llamado de urgencia.

Cecilia Vicuña. About to Happen. Quipu Visceral (2017). Instalación específica en lanas; dimensiones variables. Imagen cortesía de la artista y el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans. Fotografía por Alex Marks.

He escuchado muchas veces decir que Cecilia Vicuña se apropia de elementos del mundo indígena como un modo de exotizar su arte, he oído incluso decir que Cecilia se cree india, en palabras textuales, pero ¿qué tipo de ética impediría que una artista pueda desarrollar conceptos y creencias del mundo indígena, con el fin de despertar en nosotros, espectadores, una conciencia que pueda llevarnos a prevenir un desastre global? Me pregunto también, ¿quién pudo darse cuenta entonces del gran crimen que los colonos cometieron al prohibir a los indígenas seguir usando sus nombres, hablar su lengua y creer en sus dioses? He visto el respeto con el que Vicuña se acerca a cada lugar, incluso a recoger un montón de palitos, piedras y conchitas aparentemente insignificantes; el cuidado que tiene al presentarse ante los otros, incluso el modo en que cambia la voz en sus presentaciones, al punto de no importar ya lo que está diciendo sino la atmósfera que crea. Vicuña habla constantemente de una escucha. Su poesía, instalaciones y performances no nacen de su intelecto, son más bien un mensaje que llega a ella de manera casi mediúmnica (a través de un modo muy arcaico de comunicación). Son muchos los testimonios de personas que han estado presentes en sus performances o lecturas que dan cuenta del trance que Vicuña encarna, y el modo en que transmite los múltiples cruces dimensionales que existen en este tiempo que denominamos presente. La obra de Vicuña es una obra futura, que se nutre de las voces del pasado, o como ella dice, de los pensamientos antiguos. Sus Palabrarmás son poemas donde las palabras cobran vida, y ninguna de las frases escritas en el libro vuelven a ser leídas igual, cambian, se entremezclan con nuevas historias, se traducen a otras lenguas y se dilatan o contraen en sonidos que sólo su voz puede emitir.

No debe sorprendernos que al ver las diferentes instalaciones de Cecilia Vicuña nos encontremos una y otra vez con los mismos elementos, como si en la repetición constante de esos materiales, encontrados o elaborados en su entorno urbano y/o la naturaleza, estos fueran regenerando la vida, oxigenando nuestra sangre como en una profunda meditación purificadora que nos permite conectar con otras fuentes de conocimiento. Materiales como lana, palitos de bambú, escombros, ramas, hilos de pesca, cuerdas, redes, plumas, están siempre sobre la mesa de su estudio, así como libros, sean hechos por ella o para el estudio de los más diversos temas, y palabras, muchas palabras escritas en papelitos. Como bien resume Andrea Andersson, curadora de About to Happen, “cada nuevo trabajo es un registro de un trabajo o acto anterior en una larga práctica de revisión perpetua” [5], un desdoblamiento constante entre hacer y deshacer.

 

Cecilia Vicuña. About to Happen. Balsa Snake Raft to Escape the Flood (2017). Instalación específica de materiales encontrados extraídos de Nueva Orleans, Chile, y Nueva York (bamboo, escombros, sauces, ramas, hilos de pesca, perlas, cuerda, red y plumas); medidas variables. Imagen cortesía de la artista y el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans. Fotografía por Alex Marks.

Cecilia Vicuña. About to Happen. Vista de la exposición, 2017. Imagen cortesía de la artista y el Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans. Fotografía por Alex Marks.

En el corazón de su práctica hay dos conceptos a los que está dedicada su obra, ambos de igual importancia, el quipu y lo precario, ambos a su vez dando un gran valor al agua como fuente de vida. Décadas atrás, Cecilia Vicuña supo que en tiempos Incas ellxs tejieron quipus táctiles de cuerdas anudadas para hacer cuentas, y un ceque, un sistema virtual de cuarenta y un líneas imaginarias que nacían en el Cusco y se proyectaban hacia las cuatro esquinas del mundo. El quipu y el ceque conectaban a las comunidades en un todo, creando una visión de lo común como algo vivo. Un tejido colectivo orientado a las fuentes de agua en las montañas. Esto nos habla de la tremenda relevancia que el agua tenía en la cosmovisión andina, protegiendo sus fuentes milenarias, los glaciares, y también los lugares de encuentro del agua dulce y el agua salada. Quizá por esto, el quipu monumental hecho de hebras sin cardar de lana roja, presentado por Vicuña en la Documenta 14, conecta, como señala su curador Dieter Roelstraete, la diosa madre de los Andes con las mitologías marítimas de la antigua Grecia [6]. Reforzando la escala global del cambio climático, la necesidad planetaria de crear un ruego colectivo por la fuerza vital, Vicuña lleva al mar Mediterráneo un ritual que ha realizado por años en otras aguas, que son la misma.

Respecto a lo precario, Cecilia acuñó el nombre Arte Precario como una categoría independiente y autónoma para su trabajo a mediados de los 60s, que no viene del universo andino, pero que tiene una fuerza poética inmensa, que atraviesa sin duda toda la existencia, en todas las direcciones. Los precarios son pequeñas esculturas hechas de objetos descartados, frágiles y grandiosas a la vez. Éstas son un retrato de la precariedad de la vida, de lo efímero, de lo transitorio y lo trascendente. Aunque los primeros precarios fueron creados en los años sesentas, instalados en la orillas del mar en Concón para que éste se los llevara con el oleaje, estos deben ser considerados como una obra en curso, desde donde emerge el concepto que los nombra. Así como la participación de Cecilia Vicuña en la Documenta 14 está dedicada a la Historia del hilo rojo [7], About to Happen está dedicada a lo descartado, sean personas, objetos, o historias. Es por eso que en esta exposición hay una gran sala llena de pequeños precarios, así como una estructura monumental creada de la recolección colectiva de materiales de la costa de Louisiana que se asemeja a una balsa o sugiere una estructura que tal vez podría flotar algunos minutos sobre el agua, para después disolverse en su corriente. La disolución también es un elemento que atraviesa la práctica de Vicuña, el deshacerse uno mismo, para unirse a otro, a un todo.

Cecilia Vicuña, Quipu Womb, en EMST, National Museum of Contemporary Art, Atenas, documenta 14. Fotografía por James O’Hern.

¿Qué pasa cuando el futuro no es algo que está allí delante, sino que viene del pasado, de la escucha de nuestros antepasados, de la fuerza de cosmovisiones arcaicas? Hay diferentes formas de ser indígena, Cecilia Vicuña encarna la fuerza de sus ancestros diaguitas del norte de Chile, así como también su origen basco-irlandés y a una familia española que llegó a Chile en el siglo diecisiete, que puede ser el origen de su mestizaje. Quizá esto parezca importante a ojos de aquellos que sienten que el pensamiento indígena sólo puede ser transmitido de manera sanguínea, pero volviendo a una de mis preguntas iniciales, ¿qué es ser indígena? En los performances de Cecilia Vicuña, e incluso escuchando alguno de sus cantos improvisados en algún rincón del valle central de Chile, he podido escuchar mis pensamientos antiguos, las voces de aquellos que han ocupado estas tierras por miles de años y que aún viven en mí, en todos nosotros.

 

Notas

1. Lynn White, Jr. citada por Cecilia Vicuña en catálogo de exposición: Cecilia Vicuña: About to Happen, Siglio Press en colaboración con el Centro de arte contemporáneo de Nueva Orleans, 2017. p. 115

2. En entrevista con Julia Brian-Wilson, publicada en Cecilia Vicuña: About to Happenop.cit. p. 110

3. Texto de sala en la exposición Cecilia Vicuña: About to Happen. Centro de Arte Contemporáneo de Nueva Orleans. 16 marzo – 18 de junio, 2017. Co-curada por Andrea Andersson y Julia Bryan-Wilson.

4. Lippard, Lucy. Floating Between Past and Future: The Indigenization of Enviromental Politicsop. cit. p. 130

5. Andersson, Andrea. Vicuña in Retrospectop. cit. p. 124

6. Dieter Roelstraete, archivo documenta14. (Traducción de la autora)

7. En realidad la participación de Cecilia Vicuña en la documenta 14 se llama en inglés “The Story of the Read Thread”, donde reemplazó el Red (rojo) por Read (leer) por un error tipográfico que se repitió insistentemente, hasta que la artista decidió mantenerlo. Esta historia está dedicada realmente al hilo rojo presente a lo largo de toda la obra de Cecilia Vicuña, quien a los 6 años supiera de la existencia de un niño llamado popularmente “la momia del plomo”, enterrado por los Incas en la cima de la montaña que da origen al Valle del Mapocho (hoy Santiago), con un hilo rojo en su mano como ofrenda al hilo eterno de la vida, como ofrenda al agua.

 

Este texto fue publicado originalmente en Revista Terremoto el 17 de julio de 2017.