Nuevas fronteras de visión. El sonido de las letras en la Bienal de Siart

Inspirados en el la propuesta curatorial de Joaquín Sánchez para la presente edición de la Bienal de Siart en La Paz, Bolivia titulada  Ver con los Oídos. Poéticas de las temporalidades, los artistas chilenos Jorge González y Antonio Guzmán nombraron su proyecto El sonido de las letras, el cual pone como tema de investigación la labor pedagógica del arte y las libertades del hombre, en especial las de imaginar y crear. Desde el comienzo de sus carreras, las que se unieron especialmente para esta ocasión, ambos artistas han coincidido en la creación de obras y proyectos colaborativos usando metodologías que incorporan diversas estrategias de producción, economías del compartir e incluso complicidades de la vida conyugal. Como parte de esta filosofía fui invitada a ser parte activa del proyecto, a pensar las obras de manera conjunta, a viajar al montaje de la exposición, a trazar la mediación de las obras con el público local y también a escribir el presente texto.

Me une un lazo afectivo a estos dos artistas -Guzmán fue mi profesor en el colegio y  conocí a González cuando comenzaba a estudiar arte en la universidad-. Nos distancian un par de generaciones, lo que alarga nuestras discusiones respecto a las infinitas posibilidades que el arte tiene de hacer visible cualquier aspecto de la vida y sobretodo la importancia de lo efímero, de las experiencias que se obtienen de los procesos, y de como éstos son a su vez obra. Nuestra amistad nos ha dado la posibilidad de crear un proyecto en el cual prima la importancia de un arte hecho desde los afectos, y que a su vez sea un puente entre diferentes maneras de ver el mundo, diferentes lenguajes y también diferentes realidades culturales.

El desafío de hacer un envío para la Bienal de Siart no era simple de resolver, sobretodo teniendo en cuenta el gran porcentaje de población de origen aymara que existe hoy en La Paz, y que sería mayormente nuestro público. Fue esto lo que provocó a que se extremaran las experiencias que los tres habíamos tenido anteriormente en proyectos colaborativos y surgiera El sonido de las letras, una especie de aula educativa organizada en tres estaciones de trabajo: La gran pizarra, La gran mesa y El gran libro. Para ello González y Guzmán reunieron una enorme colección de imágenes y palabras que activaron una serie de acciones – como cortar, pegar, dibujar, traducir y descifrar- que el público pudo realizar insitu, provocando que la obra se fuera expandiendo en el entramado colectivo de La Paz.

El sonido de las letras se pensó como una experiencia que, hecha específicamente para Bolivia, hizo uso de dos principales lenguas el aymara y el español. Bajo el más absoluto desconocimiento de lo que esto podía implicar, se enviaron a traducir una serie de conceptos descubriendo que algunos de éstos no tenían sentido en esta lengua indígena, por ejemplo, no existe una palabra para pizarra aunque se podría utilizar el neologismo “pizarruna” (Qillqäñ pirqa) que metafóricamente significa “muro donde escribir”, tampoco las palabras libro y  mesa, ya que eran objetos que no existían en el origen del aymara surgiendo los neologismos “liwru” (Jach´a panka) y “misa” (Jach´a tiwana) respectivamente. En la instalación se originaban situaciones de empoderamiento frente a las piezas construidas con palabras en aymara, aquellos que hablan la lengua tenían la posibilidad de traducir a los demás generando una empatía con la obra y suscitando la interacción de diferentes identidades culturales, dando luz sobre una diversidad étnica y cosmovisión únicas.

Observando la situación nos dimos cuenta que para nosotros, educados en un sistema occidental, las palabras tienen una labor pedagógica en relación a un imaginario simbólico mediante el cual los niños aprenden un lenguaje, en cambio para el universo aymara “los sonidos como tales no existen, lo que hay son voces, así pues, el viento “habla”, o las palabras “hablan”[1], tienen una agencia, son emitidas por una entidad de origen. La gran diferencia entre el nacimiento del lenguaje en mundo aymara y el mundo occidental radica en el hecho de que en la lengua aymara la palabra se crea desde el sonido o voz que emana de ella, obedece a una manifestación del objeto. En nuestra cultura, obedece a una voz dominante ajena al objeto, a una voz humana que ordena los objetos en el mundo de acuerdo a un sistema de pensamiento jerárquico, donde el conocimiento es algo a lo que se accede a través de un sistema objetivo.

Leí alguna vez que la creatividad sólo ocurre cuando existen las condiciones para ello, y esas condiciones deben ser colectivas, puesto a que son éstas y esa mezcla crítica la que ha sido sistemáticamente desmantelada por nuestro modelo de vida – por ello pensar en una educación desde la creatividad es un acto de libertad, un acto de resistencia y amor. De las piezas que conforman el Sonido de las letras emanan lenguajes, puesto a que ha sido pensada como un dispositivo pedagógico artístico donde La gran mesa es una un lugar de encuentro y trabajo, El gran libro un contenedor de experiencias, y La gran pizarra un mapa conceptual-emocional,  juntos crean un espacio de generosidad, un contexto específico donde la creatividad del público pueda surgir, donde éste pueda oír – en un sentido metafórico- las letras que lo guíen a ser parte de la obra.

Los afiches que ocupan uno de los muros de la sala representan la educación de la calle, aquellas cosas aprendidas en ese espacio público – tan familiar y extraño- que es la ciudad, donde los códigos de lo conocido están constantemente cambiando, acelerados por el paso firme del progreso, y del olvido. Cada uno de ellos lleva una imagen y una palabra, las cuales no se corresponden entre sí, aludiendo a esa dislocación que sufren constantemente los significados de las cosas, y a la importancia de mantenernos siempre atentos al surgimiento de otras formas de entendimiento y realidad.  Los objetos suvenir, dispuestos en el suelo y en la mesa, recuerdan o incitan una actividad de trueque donde el público tiene la posibilidad de dar a esos mismos objetos una participación alternativa en el montaje, pegándolos en el Gran libro, o llevándolos con ellos como un recuerdo.

Las tres estaciones de trabajo consiguieron dialogar de una manera casi mágica con las personas que llegaron a visitar la exposición, el espectador adoptó naturalmente un rol activo en la obra, sin necesidad de guía ni instrucción, quizá porque las obras consiguieron hablar, emitir algún tipo de sonido que los invitara a ser parte.  Una última pieza creada específicamente para esta ocasión fue una escultura en la que Guzmán y González se esculpieron así mismos como parte de la inagotable parodia del artista como obra, ésta hace una cita a la pareja de artistas británicos Gilbert & George, conocidos por sus performances como esculturas vivientes. Es aquí donde El sonido de las letras hace un esfuerzo por unir el lenguaje de las artes visuales, en términos objetuales, con el potencial de experiencia intangible que cada uno de esos objetos puede activar, abriendo preguntas sobre la presencia y agencia que los objetos tienen en nuestra vida cotidiana. Así, la propuesta para la bienal de Siart abrió para nosotros nuevas fronteras de visión, y se transformó en una obra cuyos alcances pedagógicos tienen hoy la posibilidad de expandirse hacia otros territorios geográficos y culturales.

[1] Traducción de Lucio Torrez Soria para el proyecto “El Sonido de las Letras”.