Ian Waelder y Felipe Mujica en Salón

La realidad es una puesta en escena de aparición y desaparición. Sus capas sensibles podrían ser visualizadas como los haces de un relámpago en una noche de tormenta pero transcurridos en cámara lenta. Cuando aparece la luz, nuestra retina captura automáticamente los planos de contraste que dan volumen al espacio. Después, con la llegada de los truenos, de ese sonido a destiempo, retardado, completamos -aunque de manera espectral-­ una frágil imagen de las cosas. El sonido rebota en los muros, llenando algunos espacios y vaciando otros. Con la suma de lo que hemos visto y oído nos hacemos una idea de lo que nos rodea.

Siempre he pensado que las formas de lo visible guardan un secreto, que como tal no puede ser dicho ni enseñado, que hay ciertos lugares donde la memoria del espacio parece respirar en tu oído, sobre ti, contándote cosas. Como si existiera siempre una verdad a medias, un entremedio, entre esto y lo otro, entre decir y actuar, leer y usar, aprender y desaprender que el espacio es un lugar donde los límites son cuestionables. Me gusta esa canción de los Flaming Lips que dice “Te das cuenta que estamos flotando en el espacio. Que el sol no va hacia abajo, que es sólo una ilusión causada por las vueltas que da el mundo”.

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Muchas de la cosas que ocurren ahora, mientras estamos aquí, son imperceptibles. Sin embargo, la realidad se construye, principalmente, en ese intervalo entre lo que vemos y oímos (y las miles de ideas que colapsan nuestro cerebro). Pienso que debe existir una interrelación entre lo palpable y lo audible, como si en la tormenta la luz escaneara la materia para decirle al sonido cómo existir, cómo salir del silencio.

Hay obras que al ser ubicadas en un espacio se transforman en el espacio en sí mismo, y hay otras que se introducen en él hasta llenarlo por completo con su aparente desaparición. Hay obras que anulan la posibilidad de imaginar, y otras que traen transformaciones, que nos obligan a estar alerta, que modifican el espacio y el tiempo acercando los elementos distantes del mundo. No existe una sola realidad, pero sí la extraña sensación de certeza de que las cosas son más reales cuando las podemos ver, cuando sabemos de dónde provienen y lo podemos contar.

Me gusta también pensar en lo absurdo, en lo imposible, en los secretos y en los espacios mentales, en el vértigo que da cuando accidentalmente te encuentras con algo maravilloso, mientras buscabas algo totalmente diferente, cuando piensas en alguien y te llama. Un Biombo es un objeto tangible que divide el espacio con su firme presencia; un Eco es lo que reverbera en ese espacio y le da forma, desde el origen del sonido hasta su fin.

ESTE FUE UN PROYECTO CURADO POR Carolina Castro por INVITACIÓN DE SALÓN EN SEPTIEMBRE DE 2015.

Para más información sobre el proyecto SALÓN